Crítica a 'El Poder del Perro', el último y brillante trabajo de Jane Campion, se perfila para competir por los grandes premios


'Libra mi alma de la espada, defiéndeme del poder del perro'


Seguramente, la mejor película de lo que llevamos de siglo sea 'Pozos de Ambición' (2007), del maestro P.T. Anderson, una pieza de artesanía, dotada de una solemnidad extrema, que se atrevía a revertir los códigos de varios géneros, creando casi uno propio, a través de elementos técnicos novedosos, como el uso de una música experimental, retrocediendo al pasado para intensificar su inaudito e indomable carácter de modernidad, en un relato que expresa, desde el prodigio de todos los elementos que la forman como película, ese conflicto surgido en los albores de 1900 entre religión y capitalismo.

Tras varios años sin llamar mucho la atención, y nunca al nivel de los 90, la realizadora Jane Campion parece haber recuperado el aliento de 'El Piano', su obra más reconocible, para renombrar aquel estilo de intimidad dramática, a través de la adaptación en solitario la novela de Thomas Savage, ambientada en un rancho de Montana en 1925, donde los hermanos Burbank, Phil y George, van a entrar en disputa cuando el segundo se enamore de una viuda de un pueblo cercano.

No parece casualidad, tras contemplar la puesta en escena, y las formas tanto narrativas como visuales, que Campion asuma como referencia a Anderson, y tampoco debe serlo que tome prestado a Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead, y compositor habitual del realizador, para componer ese golpe de rabiosa contemporaneidad que persigue el relato, cuyo espectro tenebroso y simétrico, contempla los mismos códigos de ambición expuestos en aquel pozo.

Del reparto, señalar el póker de ases de unos muy implicados Jesse Plemons y Kirsten Dunst, portadores de una cálida timidez a los que se une Kodi Smith-McPhee, en un papel que requiere un extraño equilibrio emocional, y del que por suerte, consigue salir bastante airoso, mientras Benedict Cumberbatch realiza el papel de su vida, lo cual son palabras mayores, dando vida a Phil Burbank con inquietante templanza, sujeto a esporádicos estallidos de rabia, y esforzado al máximo para construir un personaje verdaderamente memorable.

Más allá de los logros interpretativos o técnicos, entre los que también destaca el excelente trabajo de fotografía de Ari Wegner, sumido en la nítida penumbra de los bellos paisajes oceánicos, unido a los interiores de tono aséptico, perfectos para fomentar el aislamiento, el triunfo del film viene de esa mirada de Campion desde la distancia, sin juzgar, lo que le permite deambular sobre los personajes, mostrando las complejas idiosincrasias inherentes a cada uno, que incluye algún perfil abstracto e incluso deformado, casi siempre retratado con pinceladas sutiles, algo que se extiende a una narración plagada de detalles, de esos que se hacen fuertes en el subconsciente una vez ha terminado la cinta.

Precisamente, y para terminar, este es uno de esos relatos cinéfilos que se engrandecen con el paso del tiempo, y se hacen fuertes con nuevos visionados, serán muchos lo que no regresen a ella, por su absoluta falta de comercialidad, los menos, descubrirán un trabajo íntimo que consigue acariciar las notas de lo solemne, con enorme sutileza y las suficientes dosis de talento, como para inscribir su nombre entre las películas contemporáneas, dotadas de una auténtica raza renovadora.








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