Crítica a 'Rifkin's Festival': La última película del maestro Woody Allen.



El amor es pura cuestión de suerte.




Es verdaderamente triste pensar, que el último lado de ese triángulo perfecto, formado es sus catetos por los maestros Ernst Lubitsch y Billy Wilder, pronto verá reducida su hipotenusa, a la misma eternidad que ampara a estos genios de la inteligencia hecha cine.

Pese a ello, y a sus 84 años, Woody Allen sigue retando al destino, fiel a su cita de película por año, desde hace algo más de cuatro décadas, y polémicas trasnochadas aparte, el menudo genio neoyorkino vuelve a refugiarse en nuestro país, para poner de manifiesto sus recurrentes obsesiones sobre la vida, el amor, la muerte, la religión, el sexo, la ausencia del mismo por estrés conyugal, factores todos encajados en su particular estilo elegante y moralmente despreocupado.

Como puro ejercicio de metacine, Allen aprovecha El Festival de Cine de San Sebastián, para homenajear a grandes realizadores de la talla de Orson Welles, pasando por Fellini, Buñuel, o Godard, y culminando con su adorado Igmar Bergman, cuya obra, 'El Séptimo Sello', ha declarado como su película favorita de todos los tiempos, culminando el punto a favor más destacado que posee Rifkin's Festival, de cara a los mas cinéfilos.

Por contra, las relaciones entre los diferentes personajes, resulta en esta ocasión menos estimulante de los habitual, quedan por supuesto los diálogos, puramente literarios y marca de la casa, pero esa incompatibilidad de caracteres que intenta mostrar, no acaba de concretarse en su mejor forma, e incluso se muestra huidizo, como idea, en sus últimos compases.

Seguramente, todo esto venga derivado de una mala elección de casting, falta química entre los personajes, y uno de los puntos puntos fuertes del realizador, la dirección de actores, parece algo impotente ante un reparto internacional de lo más variopinto, de entre ellos destaca la presencia de Gina Gershon, cuya energía incombustible queda algo desaprovechada, y la de un solvente Wallace Shawn, un habitual secundario del realizador, que le acompaña en varios títulos desde su aparición de 'Manhattan'. Completa, en un plano muy secundario, la sorprendente e hilarante aparición de Christoph Waltz.

De la aportación española, la nota negativa la pone un Sergi López algo trasnochado y falto de convicción, en contraposición de Elena Anaya, que cumple con su habitual encanto, justo acaba de reconocer la actriz, que Allen le etiqueto como el peor interprete con el que había trabajado, indudable táctica motivacional que no es la primera vez que utiliza el director en alguno de sus rodajes.

En los apartados técnicos, la nueva e inestimable colaboración de Woody Allen con Vittorio Storaro, de maestro a maestro, vuelve a dejarnos otro impecable trabajo de fotografía, cuyos pasajes a ritmo de jazz, como no podía ser de otra forma, muestra unas bellísimas imágenes de San Sebastian, con un tono a caballo entre la intensidad de 'Wonder Wheel', y la naturalidad de 'Día de lluvia en Nueva York', dos de los títulos más recientes al servicio del realizador, que sirven para acentuar el tono melancólico y nostálgico del que el film hace gala.

Finalmente, puede que el último festival de Allen no entre en el terreno de sus películas más memorables, pero siempre es infinitamente preferible a cualquier trabajo de similares características, es una cuestión de lucidez, el poder balsámico del buen cine ante la pesadez de la cotidianidad, un concepto irrenunciable, para uno de los pocos autores capaces de recorrer la senda de la auténtica grandeza, en la Historia del Séptimo Arte. 

Publicar un comentario

0 Comentarios