El irlandes Una crítica de Rodrigo Martín Noriega


Película asombrosa en su energía y en su contención, en su épica y su intimismo

Hay muchas películas dentro de esta obra maestra. Una mirada a la historia reciente americana interpretada como un tapiz en el que política, crimen y capitalismo tejen sus hilos hasta volverse indiferenciables.

En ese sentido El irlandés está cerca de la trilogía americana de James Ellroy, en especial de las dos primeras partes, América y Seis de los grandes, pero donde Ellroy despliega su cinismo, aquí Scorsese despliega una melancolía y un desencanto que traspasa cada fotograma. Porque para mí ante todo El irlandés es una despedida y un homenaje, el crepúsculo de los únicos dioses en los que merece la pena creer, el último saludo de unos artistas geniales despidiéndose de nosotros, su público.

No sé si Scorsese rodará más películas, y seguro que DeNiro, Pesci o Pacino seguirán dando guerra (bueno, creo que Pesci menos, hay algo de absoluto cierre de carrera en su interpretación, algo que puedes sentir al verle), pero pase lo que pase, no podrán hacer nada parecido. Este es su testamento, su catedral, su forma de mirarnos desde la sabiduría de la vejez, de quien es consciente del punto del camino de su vida y de su arte al que han llegado.

Película asombrosa en su energía y en su contención, en su épica y en su intimismo, construida casi en su totalidad a base de conversaciones que son oro puro, momentos de una brillantez y una puesta en escena para caerse de espaldas, y una humanidad y una tristeza que te dejan con un nudo en la garganta.

Tres horas y media de película, termina y sientes "ya?, ya se ha terminado?". Marty, Bob, Al, Joe, gracias por este viaje todos estos años. No lo olvidaremos jamás.

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