Crítica: Rambo, Last Blood por Rodrigo Martín Noriega


No sé si Stallone es el último cineasta clásico, pero desde luego es el más ferozmente libre e independiente, alguien que lleva décadas en esto y que ha acabado construyendo un discurso propio sin importarle ni las burlas de los cinéfilos sesudos ni la incomprensión de la cegata crítica progresista o directamente de los beatos de izquierdas. 

Y además ha sabido envejecer con sus dos personajes más icónicos en los que ha plasmado dos formas de ver el mundo o si se quiere dos discursos filosóficos. Si Rocky es el humanismo roussoniano, Rambo es un hobbesiano progresivamente más lúcido y por lo tanto más nihilista. Ya en la anterior "John Rambo" Stallone llevaba al personaje a un infierno de pesimismo existencial frente a los discursos del buen rollo ONG,y ahora convierte a Rambo en una especie de psycho killer atrapado en los túneles de su subconsciente atormentado donde sólo la violencia puede salvar cierta idea de justicia en un mundo cruel. 

Querer reducir esto a cuatro tópicos sobre xenofobia o violencia gratuita es no querer entender nada, pero a Stallone, como a los verdaderos artistas, eso no le importa. Él nos lleva de viaje a las tinieblas, y si no puedes soportarlo peor para ti. Y vale que por momentos Rambo Last Blood es un remake de Venganza, pero esa imagen final en la mecedora y el montaje con algunas escenas de la saga, todo eso demuestra que Rambo Last Blood es ante todo una elegía. Por Rambo, por un tipo de cine condenado, por nosotros pobres espectadores que en unos años, claro, ya lo podremos disfrutar de uno de los más grandes. Sí, Stallone. Al menos parece que planea una secuela de Cobra. Si algo así no te emociona 
háztelo mirar.

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