Crítica a "Día de lluvia en Nueva York": La nostalgia, esa trampa seductora.

"Me han insultado por haberme casado más de una vez pero, si eso es un crimen, también son culpables millones de americanos. Me persiguen porque en mis películas expongo opiniones que ellos no comparten. Atacan primero mi conducta moral y luego buscan motivos legales" (Charlie Chaplin)

Amarga confesión de uno de los grandes iconos del humor fílmico de todos los tiempos, tras haberse exiliado a Europa intentando huir de un foco de atención tan intenso como insoportable.

Una historia que discurre bastante en paralelo con la del maestro Woody Allen, y recuerda una de sus sentencias más celebres, aquella que dice que la comedia, es tragedia más tiempo, y la esperanza de que todo este dichoso asunto de rejuzgar un pasado libre de culpa, bajo la implacable trituradora del dichoso #MeToo, acabe difuminado con el paso de los años, y solo quede la obra fílmica de uno de los grandes responsables de plasmar la inteligencia suma en la gran pantalla.

Tras el chapucero y mezquino secuestro de Amazon, la que supone, en cifras redondas, la película número 50 del genio neoyorkino, ve por fin la luz y podría suponer su último trabajo en La Gran Manzana, rompiendo así un idilio de algo más de cuatro décadas, interrumpido solo por un pequeño exilio autoimpuesto en su paso por aquella etapa de turismo por Europa, tras la caída de las Torres Gemelas.

Clásico, y sobrado de lucidez, Allen vuelve a exponer su decálogo anual de obsesiones, convertidas en una marca de estilo solemne, que transitan desde la neurosis habitual hasta la religión, bajo la omnipresente mirada del sexo, motor existencial que define y provoca la mayoría de las decisiones a las que se suele enfrentar el ser humano en su trágico deambular.

Pese a ello, no se puede hablar de pesimismo bajo la lluvia de este azaroso día en Nueva York, si de una nostalgia consciente por parte de Allen, que tiene al fenómeno meteorológico como complice, según palabras textuales, de los mejores momentos de su cine, todo ello regado con unos diálogos marca de la casa, que justifican cualquiera de sus obras, y que indiscutiblemente representan el principal hallazgo de su alta consideración como autor.

Reparto generacional, que contempla actores consagrados como Jude Law o Liev Schreiber, en contraposición a talentos a punto de eclosionar, como es el caso de una encantadora Elle Fanning, expuesta a la presencia de una cada vez más convincente Selena Gomez, o la estrella emergente de Timothée Chalamet, que cumple en su papel como alter ego del realizador.

Por último , una sencilla recomendación para incautos y prejuiciosos, ésta no es su película, el cine del maestro Woody Allen se mueve siempre entre lo bueno, lo notable, o lo sencillamente memorable, y entre las dos primeras se posiciona este elegante Día de Lluvia en Nueva York, un trabajo que contempla el oficio de sus 83 primaveras, y ofrece el habitual y necesario alivio contra la mediocridad, que cualquiera de sus seguidores espera, evadidos a su sofisticada ficción cinematográfica, que como bien dice el incombustible maestro neoyorkino, siempre supera con creces a la realidad.


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