Crítica a 'Midsommar': Ari Aster prolonga la fe en su particular estilo.



Corren buenos tiempos para el Cine de Terror, dejando a un lado las típicas y tópicas producciones que suele vomitar Hollywood, el creciente poder del cine independiente, un deseado terreno para dotar de originalidad a las producciones, y cuya principal característica es la libertad creativa, ha conseguido devolver al género a niveles de calidad cercanos a lo vivido entre principios de la década de los setenta, y finales de los ochenta del Siglo Pasado.

Convertido por derecho propio, y con apenas un solo trabajo como realizador, en uno de los mejores exponentes de este resurgir, se encuentra el norteamericano Ari Aster, responsable de sorprender a propios y extraños con 'Hereditary', una magistral pieza de horror, solemne y dotada de esa impagable habilidad para crecer en la memoria una vez acabado su discurso.

Para intentar aumentar su apuesta, Aster juega con el humor negro, uno de los factores, junto por su evidente similitud estética, por los que se podría definir como un 'Wicker Man' contemporáneo, comparte esa vena excéntrica y la clara intención de resultar sumamente original, pero la separa un punto de sofisticación superior, menos esquemático de lo esperado, pese a la presencia de ese escenario único que domina prácticamente toda la función. 

Un cuento de terror apabullante en lo visual, que consigue despertar la inquietud gracias a una exposición argumental sobrada de potencial, que al igual que en 'Hereditary', combina lo tradicional desde un prisma moderno, aplicando un inusual filtro de nitidez en el que se incluyen las escenas más oscuras, factor que expresa una enorme ambición, para cualquier realizador que pretenda acercarse a un relato de tales características, sobre todo teniendo en cuenta que la falta de nocturnidad y alevosía, priva a su responsable de los clásicos trucos a los que suele acostumbrar la gran mayoría de películas de este género.

Con todo, hay que avisar al espectador convencional, para que huya de esta serie de rituales, celebrados al inicio del periodo estival cada 90 años, en la Suecia más rural, y dedicada a los ancestros, por parte de una comunidad con unos rasgos un tanto peculiares, no estamos ante un trabajo fácil, requiere un grado notable de implicación, y ante todo, intentar empatizar con la mente abierta, ante el festival que aquí se nos propone.

Por contra, algunos desajustes, provocados sobre todo por la compleja y distante relación entre los protagonistas, no acaban de encajar como excusa en el trasfondo de un film, que da la impresión de poder haber funcionado sin prologo ni desarrollo emocional alguno, algo que seguramente, habría intensificado aún más su mensaje.

Finalmente, y con la convicción de estar ante uno de los autores clave de un presente, que pronto se convertirá en pasado, y esperemos en futuro memorable, la compleja melodía de Aster, entre la celebración y el caos, vuelve a sonar con una fuerza arrebatadora, en esa línea correcta de la que resulta tan difícil presumir, pero que de un modo insultante, parece coser y cantar para el joven realizador, porque al igual que ocurre con su opera prima, ésta, su segunda obra, se queda dando vueltas en la cabeza una vez terminada, gracias al gusto por los detalles y esa capacidad de sugestión de la que hace gala, factores que prolongan el idilio de tan particular estilo, y convierten al film en un desbocado caballo ganador.



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