Crítica a 'X-Men: Fénix Oscura': A la espera de un nuevo reinicio para La Saga


El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, una verdad tan cierta, que solo hay que ver como se las gasta Hollywood, cuando se trata de fabricar la mayoría de sus títulos comerciales, obviando la presencia y el criterio de los que verdaderamente, han sabido dotar de cierto grado de calidad y diferencia a un producto que de por si, ya nace por defecto manufacturado.

El mayor de los pecados de la franquicia X-Men, es haber renunciado a los parámetros establecidos hace algo menos de una década por Matthew Vaughn, en ese celebrado reinicio Pulp, que supuso para el universo mutante aquella 'Primera Generación', corroborado por Bryan Singer, padre de la criatura y responsable directo de que los superhéroes sean hoy legión en la gran pantalla, con la excelente 'Días del Futuro Pasado', todo un ejemplo de como se debe tratar a este tipo de producciones.

Cierto que 'Apocalipsis' era ya otra cosa, un trabajo peor calibrado y bastante feo en lo visual, que ya avisaba de una nueva fase de agotamiento, confirmada con el estreno de esta Fénix Oscura, un entretenimiento tan vistoso como falto de intensidad emocional, prácticamente nulo en la descripción de unos personajes, rodeados en todo momento de conflicto, pero incapaces, pese al enorme potencial de su reparto, de hacer convincentes sus respectivas motivaciones. 

Tras la cámara, debuta como realizador Simon Kinberg, a partir de su propio guión adaptado, un estreno bastante desafortunado, pese al esfuerzo evidente y aislado de alguna secuencia meritoria, que continuamente arroja esa sensación de venirle grande un material bastante más complejo de lo aparente, con demasiados aspectos y relaciones entre sus innumerables personajes, para pasar de puntillas y entregarlo todo a los fuegos artificiales, descuidando gravemente la presencia de unos villanos mal presentados y peor desarrollados, impuestos de una forma extremadamente torpe.

En los apartados técnicos, destaca la excelente partitura de Hans Zimmer, que hace suya la banda sonora, galvanizando las notas con esa habitual potencia envolvente que le caracteriza, dejando un trabajo de calidad, que indudablemente representa el mayor hallazgo del film.

Finalmente, se viene a la memoria el recuerdo de la actriz Famke Janssen, la Fénix original, que tampoco era Katharine Hepburn, pero al menos repartía bastante más sensualidad y carisma, que el rostro petrificado y compungido de la televisiva Sophie Turner, que salvo enarbolar por enésima vez la bandera del feminismo, poco o nada hace por el todopoderoso icono al que representa, lo cual, teniendo en cuenta que hablamos de la verdadera protagonista de la función, deja bastante claro el escaso nivel de este última entrega, la cual parece diseñada para pedir a gritos desesperadamente un nuevo comienzo.




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